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    Opinión

    Mi primera novia

    Mi primera novia


    EN LAS NUBES


    Por: Carlos Ravelo Galindo


    Julio 30, 2018 19:07 hrs.

    Nacional › México › Ciudad de México

    Cultura

    Rusia Mc Gregor González nos escribió luego de dar lectura a los Bandoleros sociales. Nos dice: ’Fíjate que hace muchos años, no recuerdo exactamente pero estaba yo en la Dirección de Prestaciones Sociales del IMSS en México, encargada del Almacén Central de Vestuario en el que estuve durante 15 años. El vestuario era de danza y teatro, además de que ahí teníamos banderas nacionales, banderas del IMSS, ahí se distribuían los juguetes para las guarderías, hospitales y personal del IMSS sindicalizados y de confianza en Reyes y Día del NIño. Viajaba constantemente a los Estados de nuestra República para supervisar el vestuario que se les enviaba para su presentaciones tanto de danza y teatro, pues a veces había faltantes. En uno de esos años, tuve que ir a Morelos por un mes con base en Cuernavaca y recuerdo que la gente que se dedicaba a la agricultura, tiraba la cosecha porque no se les pagaba el precio justo según ellos y también tiraban la producción de leche. Qué cosas’. Nosotros, en respuesta, publicamos una poesía de su padre, el bardo Campechano, Carlos McGregor, que nos hace recordar mocedades. Y olvidar barbaridades.
    CARTA A MI PRIMERA NOVIA

    Novia pobre del pueblo:
    si el papel entintado
    de mi epístola,
    - tan fiel como romántica -,
    busca refugio en el hueco inviolable
    de tus manos,
    dale el abrigo que sus hojas quieren,
    como a la golondrina
    le da sus calideces
    el verano.

    Anclé en el punto de la edad madura,
    en que todos los hombres,
    se vuelven silenciosos y serenos,
    estoicos y conformes;
    pero mi barca
    sigue en el vaivén de mis sentimientos
    sin importarle el ancla.

    Hay oleaje en mis mares,
    y en el ciclón de tu recuerdo salta,
    para ponerme frente a ti, no obstante,
    que entre los dos existe
    un abismo infranqueable
    de distancias.

    Y te tengo tan cerca,
    como la vez aquella
    que en la paz del domingo almidonado,
    todas las redondeces de tus piernas
    en un mutis rumboso se eclipsaron,
    tras la brillante seda
    pueblerina
    de tu vestido largo.

    ¡Ah, cómo se me agolpan en la mente
    las tardes de los sábados!

    Nos íbamos corriendo las veredas
    como el cielo los pájaros,
    y a la orilla de arroyos cristalinos
    o a la sombra de almendros
    y naranjos,
    íntima y audazmente satisfechos,
    la ’pinta’ de la escuela
    descansábamos.

    Y las noches del kiosko
    con su alegre charanga,
    parece que aun me dicen las canciones
    que en tu boca y mi boca
    se encontraban.

    Era algo así como el presentimiento
    de que un día de tantos,
    el nudo frágil de nuestras quimeras
    rompería
    sus lazos.

    Y se cumplió el designio inalterable
    del destino en nosotros;
    tu vida y mi vida se bifurcaron
    en dos distintos polos,
    con la inerme esperanza de que un día
    volverían
    a verse
    nuestros ojos.

    Y estamos en un ’inter’ ignorado
    acaso como inútiles andenes,
    que momento a momento,
    interminablemente,
    esperan
    la llegada
    de los trenes.

    ¿En qué ciudad remota
    la lozanía de tu cuerpo inédito
    se entregó a la caricia de otras manos,
    y tus labios supieron,
    olvidando los míos,
    del calor de otros besos?

    ¿Sé acaso dónde vives?
    ¿Sabes dónde mi amor puso su alero?

    En esta transición que nos separa,
    los dos nos hemos vuelto,
    una interrogación que es un enigma
    y un secreto.

    Y ante el muro infranqueable del destino
    es mejor no saberlo.

    Si otra vez en las tardes
    juveniles y alegres de la escuela
    tus manos y mis manos se juntaran
    para hojear las libretas
    donde la química y sus pentagramas
    eran nuestros problemas,
    la fácil solución encontraríamos
    en el hondo murmullo de tus lágrimas
    y en el grave silencio de mis penas.

    Aburrido del cambio
    que mi vida sufrió en el hemisferio,
    de los ruidos incesantes que corren
    sobre esta gran ciudad del pavimento,
    de paros y de huelgas,
    de trenes y atropellos,
    de robos y de crímenes nocturnos,
    y de leyes, oh, novia, que no entiendo;
    quisiera que esta carta te encontrara
    igual que te imagina mi recuerdo:
    Honesta, pobre, sencilla y morena…
    ¡Como son las mujeres de mi pueblo!’

    Insistimos, mejor poesía que, en política grosería.
    craveloygalindo@gmail.com

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